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Relatos eroticos: FriendZone (2ª parte)

por Lorena S. Gimeno
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RELATO ERÓTICO: «FRIENDZONE (2ª Parte)»

 

     Nueve a trece, conmigo perdiendo, los combos ya no me salen como quiero y a veces hasta me caigo yo sola del ring. Sin embargo, él también comete errores y hasta se queda parado. Pero cuando voy a sacarlo fuera de la pantalla pone el juego apaga la tele y deja el mando sobre la mesa.

—¿Pero qué? —me cabreo con él.

—Me estoy mareando y me cuesta jugar. Me rindo —balbucea. Me quita el mando de las manos y se levanta para ir tambaleando al baño.

Para cuando sale, ya no tengo tan claro el plan. Ya no sé si de verdad se olvidará de todo y lo tomará como un sueño. No quiero que me deje de lado otra vez. No quiero perderlo.

Sin darme cuenta me pongo a llorar y Héctor se sienta a mi lado.

—Ey… ¿Qué te pasa, Mini? —me abraza y me tumba en la cama. Se queda a mi lado y lloro aún más fuerte.

—No me llames Mini… —sollozo.

—Minerva… ¿Qué te pasa? —lo miro a la cara mientras me acaricia el pelo. ¿Cuántas veces me apoyé en él por cosas estúpidas y me consoló? ¿Cuánta paciencia tubo y cuán poca he tenido yo?

—Te echo de menos —admito—. Estoy muy sola sin ti.

Me sonríe y me estruja contra su pecho. Está caliente y es reconfortante. Su olor me tranquiliza y excita a la vez. No puedo evitar abrazarlo también.

Y nos quedamos así durante minutos enteros hasta que mi respiración se calma y las lágrimas se secan contra su camiseta. Aprieto los brazos entorno a su cuerpo cada vez que creo que me va a soltar. Inspiro su aroma y cierro los ojos para impregnarme de él.

Al menos, hasta que noto el bulto de sus pantalones contra mi ombligo y levanto la mirada para chocar contra sus ojos. Está avergonzado.

—Lo siento —balbucea—. Esto es incómodo.

Vuelvo a bajar la mirada y doy gracias a que no tenga nada que pueda abultar mis pantalones. Sin embargo, sé que puede notar mi nerviosismo, mi excitación. Se me ha acelerado el pulso y el de él en respuesta. Quiero besarlo. Quiero besarlo ahora.

Casi sin darme cuenta mi cuerpo ya se está moviendo y ruedo sobre la cama para ponerme a horcajadas sobre Héctor. Me mira, me mira de verdad. Levando una mano hasta su nuca y entrelazo los dedos en su cuero cabelludo. Lo siente y palpita contra mi calentura.

Me agacho y sé que si hago esto no habrá vuelta atrás. Él es muy indeciso; lo ha sido siempre. Si me adelanto se dejará llevar, pero luego se arrepentirá. Lo atribuirá a la borrachera y nuestra relación se volverá incómoda.

—… O quizá no —me digo en un susurro, a pocos milímetros de sus labios—. Solo quiero que sepas que voy a hacerte esto porque llevo tres años enamorada de ti. —Acerco la mano a la mesita de noche y saco mi doble de acción particular. Pongo entre nosotros el dildo realista que me compré en cuanto tuve la necesidad y veo cómo sus ojos se abren de par en par—. Porque llevo años desahogándome con este amiguito imaginando que eres tu… Y ahora voy a ver si se parece al real, y me vas a dejar.

Silencio. La expresión de Héctor es un cuadro de confusión y sorpresa. Le tiembla la nuez como si quisiera decirme algo pero no le voy a dejar. Dejo el dildo sobre su pecho, me quito la camiseta y le meto una parte en la boca a modo de mordaza. Así, en silencio, siento las palpitaciones de mi pecho en las orejas. Me arden, pero no puedo parar.

Vuelvo a coger el dildo y lo arrastro por su torso mientras todas las fantasías que tengo acumuladas pasan por mi mente. No hay tiempo para todo, me digo. Así que dejo el dildo entre sus piernas, a mis espaldas, y tiro del cuello de su camiseta para que se siente.

Lo hace, obediente y sin ofrecer resistencia. Tiro de sus brazos para que los levante y los deja arriba mientras levanto su camiseta hasta sus muñecas. Lo he visto en una peli; ¿o lo leí en un libro? Sea como sea, enrollo la camiseta entre sus brazos hasta que se convierte en unas esposas improvisadas.

Empujo su esternón y se deja caer sobre la cama. Amordazado, atado. Quiero besarlo pero en vez de eso paso las manos por su pecho. Se ha puesto fuerte por puro aburrimiento. Hasta se le marcan los abdominales por tener que ir al gimnasio con Helena todos los días…

Y eso me da rabia así que paso las uñas por sus pectorales hasta marcarlos. Se queja, amortiguado por la camiseta en su boca. Y sin embargo el bulto de sus pantalones palpita de nuevo.

—¿Te gusta? —sonrío. Se me tensan los músculos de forma sádica.

Rodeo uno de sus pezones con una uña del dedo índice y arquea la espalda. Lo siente, sé que le gusta. Hago lo mismo con el otro pezón y lo torturo hasta que me mira fijamente a los ojos y sé que no puede aguantarlo más.

Me deslizo para sentarme entre sus piernas y tiro de la cremallera del pantalón. El calzoncillo abultado me tienta, así que le quito deportivas y calcetines. Luego tiro de las piernas del pantalón junto con el calzoncillo y lo dejo completamente desnudo.

Lo observo en profundidad. Quiero grabarme su imagen en la mente para siempre. Después coloco el dildo al lado de su pene y los comparo. Mi imaginación a veces da miedo. Son prácticamente iguales. Héctor se estremece cuando lo miro tan cerca y palpita de nuevo. Quiero olerlo, lamerlo, besarlo, morderlo… Y sin embargo me siento sobre sus ingles para que su pene quede contra mi pubis, ligeramente apretado.

Ahora parece que sea mío y lo agarro con la mano. Lo manoseo mientras se estremece entre mis dedos y me recuesto sobre su pecho para lamer su piel y saborearla. Rozo con mis pezones su abdomen y se me ponen duros. Tengo prisa pero quiero tomarme mi tiempo. Esta ilusión se acabará tarde o temprano así que quiero disfrutarla. No quiero que me falte tiempo pero tampoco que me sobre.

De repente, Héctor se queja y eyacula en mi mano. Lo he calentado demasiado, me digo. Lo he quemado. Pero sigue palpitando y me sonrió. Quiero probarlo al menos. Aunque sea una sola vez.

Así que cojo un paquete de pañuelos y lo limpio antes de ponerme a cuatro patas entre sus piernas y tocarlo con la punta de la lengua. El olor a semen me corroe las entrañas y beso su glande. Lamo el tronco y el frenillo mientras acaricio sus testículos. Tengo una idea y cojo el dildo para ponerlo entre sus piernas. Lo pego al perineo y enciendo la vibración ligera.

Se sobresalta y me intenta decir algo. Se le pone más dura y me la meto en la boca hasta el fondo. Arriba y abajo, rodeando el glande con la punta y tocando la uretra con el dedo.

Cuando creo que se va a correr de nuevo, Héctor se levanta y me empuja a los pies de la cama. Antes de que pueda hacer algo tira de mis pantalones de chándal y me deja desnuda. No llevo ropa interior.

Se quita mi camiseta de la boca y agarra mis tobillos con sus manos. Los levanta hasta mi cara, de forma que mi culo queda a su alcance y no puedo evitar soltar un profundo gemido cuando pasa la lengua por la hendidura. Desde el ano al clítoris.

Una y otra vez, hasta que mis gemidos se convierten en gritos de orgasmo. Los espasmos me recorren todo el cuerpo y siento que por poco me meo encima.

—¿Tienes condones? —me pregunta Héctor, con una voz ronca que me parece lo más sexy del mundo.

Atino a negar con la cabeza. Hace tanto que no estoy con nadie que no he pensado en tener preservativos en casa. Lo oigo chistar y maldecir mientras se pone de rodillas y abraza mis piernas contra su pecho. Mete su pene entra mis muslos y los labios mayores. Clítoris contra glande. Los espasmos no se detienen pero él empieza a moverse.

Mi flujo se encarga de la lubricación y me agarro con los brazos en las sábanas para levantar el culo y poco más y acompañar el movimiento. Es demasiado bueno. Lo veo mirarme y me muero de la vergüenza. Todo mi valor se ha ido al traste y dejo de mirarlo a la cara; solo a su pene entre mis muslos. Un estímulo visual que adereza las olas sensoriales de mi entrepierna.

El ardor se hace más fuerte y creo que se me va a escapar. No es la primera vez que un orgasmo muy fuerte ha terminado con las sábanas empapadas. Aprieto más las piernas para aguantarlo y le arranco un gemido.

Tira de sus muñecas hasta que saca una mano de la camiseta y me agarra un pecho. Lo magrea como si fuera masa de pizza y se me va. Me muerdo la mano entre gritos y espasmos. No sé si me he meado o ha sido eso que llaman squirt; pero antes de que me dé tiempo de avergonzarme Héctor acelera el ritmo y eyacula sobre mi estómago.

Se sienta sobre sus piernas, cansado, mientras yo me quedo completamente desinflada y mojada. Pienso en darme una ducha pero el cuerpo me tiembla y siento las extremidades hechas de gelatina.

Los jadeos se convierten en respiraciones profundas y poco a poco recupero el control de mi cuerpo. Me levanto pesadamente y me meto en la ducha. No dejo que mi cabeza piense, no dejo que el pánico me atenace las entrañas. Cuando salgo de la ducha Héctor está ahí, mirándome. Sé que ya no está borracho, pero al menos no veo arrepentimiento en sus ojos.

—¿Por qué no me lo has dicho antes? —me pregunta, y siento el miedo bajo la garganta. Me oprime los pulmones y me enrollo el cuerpo con una toalla.

—Olvídalo…

—No puedo.

—Pues esfuérzate… y vete. —Va a decir algo pero lo interrumpo—. No me digas que me quieres, no me des esperanzas. Esto ha sido un error y ya.

—Pero es verdad… eso. Que te quiero. Siempre. Lo que no sé si de la misma forma que tú.

—Pues por eso.

—Pero eso no significa que no pueda ser como quieres, como queramos.

—No quiero tu compasión. —Creo que voy a llorar.

Suspira y se mete en la ducha. Mientras tanto lloro con lágrimas gruesas y silenciosas mientras cambio las sábanas.

Me pongo el pijama y me meto en la cama después de apagar la luz. Sin embargo, Héctor sale del baño cuando aún no me he dormido. Se pone de nuevo su ropa y se tumba a mi lado. Me abraza y se pone a dormir.

No sé cómo será lo nuestro ahora… Pero tampoco creo que sea peor que vivir en una fantasía.

(PRIMERA PARTE)

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2 Comentarios

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mujeres 15 octubre, 2018 - 10:05 am

Tenia ganas de ver la segunda parte y ha sido como yo esperaba, excelente! Sin palabras directamente…Gracias por compartir.
Un cordial saludo

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J.J. Navarro 21 noviembre, 2018 - 1:18 pm

Gracias a ti por leernos y comentar! 😉

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